Hoy es un día tan igual como los miles que he vivido. Hay un toque evidente que lo hace distinto: se celebra el día de los enamorados y la amistad. Esta tradición católica se ha mantenido intacta pero no invariable a través de los años; ahora los comerciantes aprovechan para “hacer su agosto” mientras amantes compulsivos corren en busca de un regalo que cautive a su pareja: “¿le gustará o no? ¿es muy cursi?”. Esta es la idea superficial: comprar-vender-regalar.
Siempre he dicho que estás fechas se celebran por mero simbolismo. Solo reflexiona lo siguiente: cuando en España sea 14 de febrero, en Venezuela faltarán seis horas para ese día. Una parte de la humanidad celebra, mientras la otra espera. No es algo general, sino más o menos general.
Dejemos los porqués de lado y entendamos que pasa en realidad el 12 de febrero.
Imagina una pareja que pelea muy a menudo. El novio esperará a que sea San Valentín para darle una sorpresa a su chica: un globo, chocolate y peluche. Trata de remediar, de opacar todo lo que ha pasado con el presente y la invita a cenar. Se contentan. Al otro día, las cosas vuelven a ser como antes. Se apagó el fuego, se fue la magia. Este es un caso muy común.
Lo que trato de ilustrar en el anterior ejemplo es que a pesar de ser un día corriente, es posible obrar verdaderos milagros y cambios aparentemente imposibles debido a la actitud individual. Las personas son capaces de dejar -temporalmente- una vida inmunda y mediocre -con el buen sentido de la palabra, sin intenciones de menospreciar- para embaucarse en el éxtasis del amor. Si todos los días fueses así, de dejarse llevar y querer, seguramente no hubiese guerras ni conflictos.
Para ser sinceros, no recibí ningún regalo (material) hoy -salvo algunos mensajes-. Tampoco sentí la magia del día. Solo entendí que para algunos resulta como especie de oportunidad para abrir nuevas puertas, encontrar otros caminos y reencontrarse con lo que en verdad anhelas.

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