Este es un pequeño esbozo de una idea que se me ocurrió para convertirla en novela (suena grande) o en una especie de “cuento largo”.
“Angustia y sufrimiento a granel conforman mi “día a día”. La desesperación por esta relación está llegando al borde del colapso. Ya no me miras, no me tocas. Se esfumaron las palabras que con esmero construimos: “te amo”. Los reproches han sustituido el cariño. Vivimos en una relación de plástico. Tan frágil como el cristal.
Nuestra historia
Recuerdo aquel día, 25 de mayo del año 88′. Te veías tan angelical y dulce, que juré que tu ternura era eterna. Nos conocimos de la manera más peculiar: comiendo chicharrones en pleno centro de Caracas. Tú mantenías la distancia, prudente de una dama. Mientras yo intentaba inventar temas de conversación interesantes. Estaba muy locuaz, quizá tanto como lo eres tú ahora.
Terminamos en la cama esa misma noche. A pesar de celeridad del asunto, el amor estuvo presente. Recuerdo con anhelo tu ternura y delicadeza, propio de un ángel. Quizá fueron las copas de más o tal vez el ambiente romántico de aquel bar, que nos tentaron a jugarnos nuestra más preciada carta.
La sorpresa
En 10 meses, ya eramos tres. La llegada de Fabricio, avistaba el arribo de una nueva etapa. Compra de pañales a medianoche, leche, teteros, etc. La responsabilidad era mucho mayor.
Rentamos un apartamento en pleno centro de la ciudad. Nuestro presupuesto cada vez se achicaba más. Sin embargo, el querer sustituía cualquier necesidad monetaria. Lentamente fuimos amoblando nuestro hogar con todos los regalos que recibimos de nuestros familiares. La nevera del tío Alí, el ventilador de Don Miguel y la “king-size” de mi madre, fueron vitales para ir armando el lugar.
Por esos días, recibí una oferta laboral que no esperaba: la gerencia para la división latinoamericana de una empresa de llantas de carros en expansión. El salario no era tan exuberante como esperaba, pero me permitía viajar a muchos países.
Ahora -rememorando el pasado-, esa ausencia quizá hizo que Adriana confabulara radicalmente sobre nuestra relación. Habrá pensado que prefería el empleo ante su amor. No lo sé.
Cuando llegaba a la ciudad, luego de un mes entero de viaje, cada vez me recibía más fríamente. Su parquedad me preocupaba.
La magia se fue extinguiendo… Poco a poco dejamos de ser la pareja bohemia y querida del principio, para convertirnos en “un divorcio en potencia”.
Su repentina transmutación causó gran sorpresa en mí. Nunca pensé que fueses capaz de descuidar al bebé por vanidades triviales. No me imagine que fueses capaz de llegar tan lejos, en busca de nada.
Mantengo la firme esperanza que las cosas volverán a ser como antes. Adriana, yo y Fabricio como una familia unida.”